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Distrito Metropolitano
Cuidar un rebaño en medio de la ciudad
"Jehová es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará" Salmo 23,1-2
Ser distrito en comunidades concentradas en la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires frecuentemente nos confronta con un abanico de realidades sociales que tienen un punto en común: el ser humano como creación de Dios. Tomar conciencia de que desde hace más de 170 años vivimos y celebramos nuestra fe y que el origen de nuestra diaconía se remonta al año 1909, nos ayudará a comprender que recorrer dicho camino solamente fue posible con la ayuda de Dios.
Negar que a lo largo de ese tiempo haya habido desacuerdos, diferentes visiones y aún distanciamientos, sería un error grave. Sólo si asumimos esta realidad será posible encontrar cada día el mensaje del resucitado, aquella palabra que nos llevará a trabajar para el Reino de Dios y no deambular en un laberinto que solamente nos conduce a callejones plagados de proyectos personales.
En una región donde el ser humano es "valioso" como sujeto que consume, donde un hombre vale si es capaz de generar riqueza, que a su vez permita a otros hacerse de ella, el gran desafío es mostrar y encontrar la forma en que cada uno comprenda y asuma su condición de ser digno por el simple hecho de ser creación de Dios y haber sido salvo por su gracia.
Vivir en una geografía contaminada visualmente, con carteles, anuncios, bombardeos tecnológicos, vivir (sufrir) día a día el desprecio de los prestadores del transporte público permitiendo que viajemos hacinados, no es justamente un ejemplo de dignidad. Que día a día la persona sienta que debe hacer y consumir lo que se le dice, viajar como se le impone, no reconforta, sino más bien oprime.
El gran desafío es lograr en nuestro medio lo que el salmista expresa. Y es aquí, en nuestro Distrito Metropolitano, que estamos llamados a dar testimonio del Dios viviente. Acompañar al que sufre, al excluido, llevar una palabra de esperanza al enfermo y el mensaje de resurrección a aquellos que han perdido un ser querido. No se trata solamente de dar una palmada en el hombro, sino de acercar el Evangelio a toda persona que Dios nos confía. Esto se da día a día. Se da en los centros de acción social, en nuestras guarderías, en nuestros jardines de infantes, escuelas, parroquias y cementerios. En todos estos lugares nos encontramos con personas que sufren el embate de aquello que nos aleja de Dios y su Reino. La renovación espiritual, que nos permite descubrir los espacios y las formas posibles de alcanzar el corazón de cada uno y cada una, individualmente, como familia, como comunidad que desea ser uno en espíritu y en el Señor es sin lugar a dudas lo que debemos pedir a nuestro Señor. No podemos encontrar una única "receta" para aplicarla en todos lados por igual. Muy por el contrario, debemos entender que la diversidad es una realidad que debe respetarse y por ello debemos multiplicar los espacios y convocatorias para que todos puedan vivir su fe, enriqueciéndose espiritualmente. Solamente el Señor es uno sólo.
El Distrito Metropolitano ha sido bendecido con un sinnúmero de posibilidades para alcanzar personas. Es inevitable pensar en la parábola de los talentos (Mateo 25,14-30). Cada persona que pierde un ser querido y no recibe nuestro consuelo, cada alumno que asiste a nuestras escuelas, cada chico que concurre a nuestros hogares de día, que no recibe la Buena Nueva, cada persona que se acerca a nuestros centros parroquiales para desarrollar cualquier actividad y no recibe la Palabra y cada empleado que no es acompañado espiritualmente es un talento como el de la parábola que nuestro Señor nos encomendó y que nosotros cuidadosamente "enterramos" para protegerlo. Pidamos a nuestro Señor el valor para testimoniar y compartir sus enseñanzas. Amén.
Guillermo Janecki
Presidente distrital
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