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El profeta tiene siempre una tarea incómoda, ser la voz de Dios, por duro que sea lo que haya para decir. Sofonías en su breve libro expresa la condena, el perdón de ese pueblo que escucha y finalmente la alegría de la ciudad de Jerusalén, que fue destruida aproximadamente 40 años después.
Unos 640 años antes del nacimiento de Jesús de Nazaret, Sofonías expresa la condena de Dios a “toda la tierra” primero (aparentemente olvidando la promesa hecha a Noé), pero especialmente la condena al pueblo de Judá por su idolatría, su alejamiento de Dios y las consecuencias sociales que esto tuvo. Pero esta imagen de Dios nos resulta incómoda, nos duele sentir sólo la ira de Dios, sentir que se parece en mucho a nuestros tribunales, ciegos e injustos.
Paradójicamente, lo que evaluamos como injusto cuando nos sentimos incluidos en la condena, es hoy una propuesta que gana adeptos que reclaman “mano dura” contra la inmoralidad y el delito, en especial el de los jóvenes, generalmente pobres y con “cara de delincuentes”.
¿Dónde están los adultos de esta sociedad? ¿Han permanecido unidos a Dios? ¿Lo consultan para tomar las decisiones cotidianas? ¿Con qué autoridad criminalizamos a los más débiles de una sociedad de la que no podemos hacernos cargo? Lo cierto es que quienes legislan, juzgan y gobiernan consultan poco y nada la Palabra de Dios.
Todo te está diciendo: ¡Vuélvete a Dios! Todo te está llamando de corazón.
Hay una voz en todo, ¡vuélvete a Dios! Para el que quiera oírla de corazón (Cancionero Abierto Nº 38).
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