Reflexión Bíblica del Día

02/09/2010
Aceptamos el testimonio de los hombres, pero el testimonio de Dios es de mucho más valor, porque consiste en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.
1 Juan 5,9

Mucho de lo que nos cuenta la historia sobre la vida y hechos de Jesús es para nosotros un fiel testimonio de Dios. No obstante, hay algo que nos lo confirma mucho más fehacientemente y nos anima a emprender con confianza el camino que nos toca andar. Es la fe que Dios mismo nos da. A veces decimos: “¡Qué no daría yo por tener otra vez la fe que tenía en un tiempo o la que tiene fulano o mengano!”. Al respecto hay un secreto que Dios enseña a sus hijos. Al darnos ese hermoso don de la fe, nos da a entender que no es algo para “archivar” en un rincón de nuestra mente y corazón, sino para ponerlo en práctica y compartirlo. A medida que ejercemos la fe, nutriéndola con la palabra de Dios –leída y oída en el templo o en casa–, la fe aumenta y se fortalece. De lo contrario, se debilita y se torna improductiva. No importa si tengo poca fe, es cuestión de encauzarla, sea cual fuere nuestra edad, nuestra situación, nuestro pasado, nuestra circunstancia actual. De este modo crecerá la certeza de que Dios mismo nos acompaña y nos guía. Él no sólo perdona nuestras eventuales torpezas, sino que las va transformando positivamente mientras vamos por el camino compartiendo, dando y recibiendo las bendiciones del Padre. Señor, ayúdanos a aplicar la fe que nos diste en aquello que sea tu voluntad.

Elsa Anz
1 Juan 5,6-12


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